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26 gotas...

Sexta Parte Casi sin apenas darse cuenta habían llegado ya al hospital y se encontraban delante de la habitación donde estaba su padre. Carla respiró profundamente y le pidió a su hermana que, por favor, la dejara sola con él. Se armó de valor y entró en la sala. Las paredes tenían un color azul cielo algo desgastado y las luces  fluorescentes hacían que la estancia tuviese un aspecto de lo más tétrico. Un olor a rancio inundaba cada rincón, haciendo que  le vinieran a la mente recuerdos que creía haber olvidado. Se acercó lentamente a la camilla de su padre y pudo observar el aspecto desmejorado y enfermizo que presentaba. Dormía. Sus ojos, llenos de arrugas, estaban cerrados con una delicadeza que pocas veces pudo apreciar estando con él. Parecía tan débil e indefenso... Cogió una silla y se sentó al lado de la camilla. Por su cabeza pasaban miles de excusas, explicaciones y reproches. De repente, una voz frágil rompió el silencio. " Sé que no hice bien las cosas cuando ...

25 gotas...

Quinta Parte Los ojos de Paula se humedecieron a causa de las lágrimas y de su boca salieron tres palabras: " papá está enfermo ". Carla no supo cómo reaccionar ante tal noticia, pero antes de que los nervios se apoderaran de ella, pensó que lo mejor sería subir a casa para que Paula le explicara exactamente cual era la situación. Una vez allí, Carla le ofreció a su hermana un té con limón, el cual ella aceptó sin pensárselo siquiera. Té en mano, se sentaron en el sofá de cuero negro del salón de la casa. Paula le explicó que su padre, tiempo atrás, empezó a tener problemas de memoria; olvidaba dónde había puesto las llaves del coche, no recordaba los números de teléfono importantes... y todo eso había ido empeorando poco a poco, hasta el punto en que ya no recordaba siquiera cual era su nombre o la calle en la que vivía. Al escuchar aquellas palabras, Carla sintió la necesidad de ir a ver a su padre a pesar de que llevaran sin hablarse mucho tiempo.

24 gotas...

Cuarta Parte Se quedó helada, de piedra. No podía creer lo que estaba viendo. Paula, su hermana, estaba allí, después de tantísimos años. Se giró y sus miradas se encontraron. Ninguna supo qué decir. Había cambiado tanto... Su pelo, antes largo y caoba, era ahora corto y negro azabache. Sus pequeños ojos habían dejado de transmitir seguridad. Se había vuelto frágil. Al fin tuvo el valor de hablarle. Le preguntó que qué había venido a hacer aquí, ya que en todos los años que habían pasado desde que Carla se fue de casa, nunca había ido a visitarla, ni siquiera se había acercado a la zona donde vivía. Ni una triste llamada en todo ese tiempo.

23 gotas...

Tercera Parte Decidió dejar de pensar en ello. A su madre no le gustaría verla así de triste. Sabía que si sonreía, se sentiría orgullosa de ella. Se levantó del columpio y, sin mirar atrás, abandonó el parque, dejando atrás recuerdos y lágrimas. Quizá en alguna otra ocasión volvería. El sol empezó a esconderse, haciendo que el clima se tornara un poco más frío. Llegó tiritando a casa, dejó las llaves en el cuenco que había en una mesita al lado de la puerta y se descalzó. Se dirigió a la cocina y abrió la nevera. Suspiró. Se había olvidado por completo de hacer la compra y en ésta tan sólo había un paquete de queso en lonchas, cuatro cerezas en un bol y un brick de leche semi-desnatada. Miró el reloj. Las ocho y cuarto. No estaba demasiado segura de a qué hora cerraba el súper de debajo de casa, así que pensó en bajar por si había suerte. Volvió a calzarse y bajó veloz por las escaleras. Justo a tiempo. Aún quedaban 15 minutos para que cerraran, así que rápidamente fue en busca de...

22 gotas...

Segunda Parte Iba caminando por la calle cuando, a penas sin darse cuenta, sus pies la llevaron a un parque donde solía ir a jugar con su madre cuando era pequeña. Una avalancha de recuerdos acudieron casi de inmediato a su mente, haciendo que una tímida sonrisa apareciera en su cara. Avanzó por el parque hasta llegar a los columpios. Se sentó en uno de ellos y empezó a columpiarse. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Sentía el frescor del viento en su cara y se echó un poco para atrás para poder sentir mejor aquella sensación de libertad. Se quedó allí unos instantes, balanceándose aún, aunque con menos intensidad. Cuánto la echaba de menos. A ella, a su madre. La había dejado sola cuando apenas era una niña, pero aún recordaba su perfume, su fragancia. Recordaba a la perfección todas y cada una de las pequeñas arrugas de su rostro. Evocaba su forma de vestir, de caminar, de hablar. Su voz, dulce donde las haya, hacía enojar de envidia a los ángeles. Pero aquella maldi...

21 gotas...

Primera Parte Carla era una chica alegre, divertida y risueña. Tenía el cabello largo, ondulado y moreno. Sus ojos color café, eran grandes y penetrantes, a la vez que su mirada era sincera y dulce. Poseía una sonrisa que hasta los dioses envidiaban, ya que desprendía una luz que poca gente era capaz de regalar. Aquel día vestía con unos shorts tejanos desgastados y una camiseta ancha de color naranja apagado. Llevaba el pelo recogido en una trenza medio deshecha, adornada con tres pequeñas flores semejantes a las margaritas y escondía tras unas  Ray-Ban  aviador sus bonitos ojos oscuros. En su muñeca izquierda, un reloj blanco y dos pulseras entrelazadas a juego con la camiseta. En la derecha, tan sólo un tatuaje. Sus pies calzaban unas Converse negras, aún más desgastadas que sus shorts y que, aunque eran viejas, no quería deshacerse de ellas.

20 gotas...

Había estado tan cerca del cielo que incluso habría podido tocarlo con la punta de sus dedos. Había volado tan alto que hasta hubo momentos en los que sentía que le faltaba el aire. Había conseguido rozar la cumbre de la felicidad con tan sólo un gesto. Había conseguido tantas cosas y, ahora, no tenía ninguna. Su cielo se tornaba  oscuro y caía en un abismo que no parecía tener fin. Caía  y caía sin intención alguna llegar al final de aquella oquedad. Su corazón estaba tan lleno de lagunas que apenas sentía el dolor que aquel vacío le causaba.