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65 gotas...

Érase una vez una niña de ojos grandes y largas pestañas. Vivía en un pequeño pueblo pesquero, en una casita humilde con las ventanas y puertas de color azul, justo al lado de la playa. Le gustaba, al levantarse cada mañana, ir corriendo a la orilla a recoger las conchas nuevas que durante la noche habían traído las olas. En una de esas mañanas, nada más salir de casa, la pequeña niña vislumbró a lo lejos algo muy brillante, tan brillante que tuvo que entrecerrar los ojos. Como grande era su curiosidad, se acercó corriendo para ver de qué se trataba. Cuando estuvo lo bastante cerca como para ver qué era, pudo observar una hermosa concha dorada. Se quedó mirándola atónita durante un buen tiempo, ya que nunca había visto semejantes valvas de ese color y, después de unos minutos, intentó abrirla sin éxito. Lo siguió intentando durante las siguientes semanas, fracasando día tras día, hasta que decidió dejar de lado aquella maravillosa pero extraña concha. La puso en su mesita de noche, p...

64 gotas...

Su sonrisa era el acantilado por el que se precipitaba sin cuerda de seguridad. No le importaba morir ahogado en el mar de su cuerpo, si los brazos que le envolvían eran los suyos. A veces, la observaba sin más, tan sólo por el simple placer de mirarla. Como si estuviese delante de la más bella obra de arte jamás creada. Porque eso era realmente ella: ARTE. Tan perfecta que hasta sus infinitas imperfecciones se tornaban belleza pura. Aquellos ojos se le clavaban como estacas y, en vez de sangre, brotaba música. Su mirada podría haberle hecho ganar mil y una batallas con tan sólo un pestañeo, porque toda ella era fuego. Fuego del que no quema, pero escuece. Del que no se apaga nunca, aunque llueva. Y él lo notaba. Notaba esa calidez cada vez que la tocaba. Cada vez que besaba esos labios de terciopelo. Y ella lo sabía. Y se consumía lentamente, entre su abrazo, como una vela.

63 gotas...

Que me pueden las ganas de estar contigo. De besarte la frente, morderte la boca y acariciarte el ombligo. De bailar, desnudos, debajo de las sábanas. O encima, qué mas da. Que más me da que me despeines o que me quites el maquillaje, si es a base de besos. O que me agarres del pelo, me cojas de la cintura y me aprietes con fuerza contra tu cuerpo. Sentirte, de mil formas distintas. Eso es lo que quiero. 

62 gotas...

Desde su ventana podía ver perfectamente el parque que había justo enfrente de su casa. Le gustaba asomarse y observar a los niños divertirse mientras se tiraban por el tobogán o se balanceaban, alegres, en los columpios. Pero a aquella hora ya no había niños. Era de noche y el frío invierno amenazaba con helar las gotas de agua que había dejado la lluvia aquella tarde. Un movimiento extraño llamó su atención, haciendo que fijara su mirada en el balancín que había justo al final del parque. Entrecerró los ojos para poder captar mejor aquella sombra que se movía lentamente y logró diferenciar la silueta de un niño de no más de cinco años. El niño avanzó poco a poco hasta llegar a una farola, donde la luz le iluminó. La miraba fijamente, sin expresión alguna de temor o incertidumbre. Se percató de que su ropa no era nuestra época, ni tampoco correspondía a la estación en la que se encontraba. Parecía sacado de una fotografía antigua. De repente, el niño levantó un brazo y la señaló c...

61 gotas...

La miraba a los ojos y se perdía en ellos, encontrándose de nuevo en la comisura de sus labios. Se fundía en su piel en cada caricia, erizándose con ella en cada escalofrío. Se enredaba en cada abrazo con la trenza de su pelo, amarrándose a su cuerpo usando sus manos de coletero. Moría en cada suspiro y... Resucitaba, como el ave fénix, en cada una de sus sonrisas.

60 gotas...

Despertó, y al abrir los ojos le cegó la pálida luz del fluorescente de aquella extraña habitación. ¿Dónde estaba? Consiguió ponerse de pie y pudo observar que se encontraba en un cubículo de paredes blancas y acolchadas sin más decoración que unos grilletes tirados en el suelo y un gran espejo situado justo delante de ella. Se miró en el reflejo y apenas se reconoció. Despeinada, vestida con una bata blanca hasta las rodillas y con los brazos y las piernas llenas de moretones. Aprecio también restos de sangre seca que contrastaban con el blanco de su bata. No recordaba nada y tampoco sabía cuánto tiempo llevaba metida en aquel turbio lugar. Sentía la boca pastosa y un agudo dolor de cabeza hizo que se retorciera en el suelo. Tenía náuseas. Oyó un ruido de llaves y se abrió la puerta. Se giró lentamente y observó como dos figuras difuminadas se acercaban a ella sin dirigir ni una palabra y, entonces, se desmayó.

59 gotas...

Paciencia... tachando los días de un calendario invisible, impasible pero lento. Viendo las horas pasar sin que pasen. No sé bien qué espero, si tu olvido o tu regreso. Me consumo en esta agonía, como el cigarro que enciendo y que se fuma el viento. Y mi corazón, cosido a base de grapas, se desangra de recuerdos. Dice que es fuerte, mientras remienda sus heridas con la venda que un día cayó de sus ojos. Pero yo ya no le creo.