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68 gotas...

Si hablo de amor, tengo que hablar de las noches en las que me tocas el pelo hasta que me quedo dormida. De todos los abrazos que nos damos entre sueño y sueño, porque ni dormidos sabemos estar sin tocarnos. Si hablo de amor, tengo que hablar sobre nuestros besos en cada reencuentro después de pasar días separados. De las caricias en el sofá viendo la tele sin verla, porque estamos demasiado ocupados mirándonos a los ojos. Si hablo de amor, hablo de cada detalle que tienes conmigo. De las veces que te levantas de la silla para traerme algo de comer cuando tengo hambre o algo de beber cuando tengo sed. Si hablo de amor, tengo que hablar de cómo consigues tranquilizarme cuando estoy enfadada, triste o angustiada. De las veces que me haces reír incluso ni cuando yo misma me aguanto. Si hablo de amor, he de hablar de tí.

67 gotas...

Hace mucho, mucho tiempo, en un pequeño pueblo situado en el medio de un gran bosque, vivía un niño de ojos castaños y profundos. Como cada tarde, después de ayudar a sus padres en su oficio como reposteros, salió de casa y se dispuso a pasear por el monte para buscar frutos silvestres que, más tarde, su madre utitilzaría para sus mermeladas caseras. Cansado de deambular siempre por el mismo sendero, pensó que sería buena idea tomar otro camino, puesto que así quizá hallaría nuevas zarzas repletas de moras. Así pues, el pequeño cogió su cesta de mimbre y bajó por la colina, desviándose de su ruta habitual. Después de varios minutos andando, vislumbró entre los arbustos algo que le llamó la atención. Curioso, se acercó rápidamente y pudo observar un letrero de madera, algo podrido y mohoso, que simplemente tenía una flecha tallada en éste. Pensó que, seguramente, el letrero indicaría la dirección a seguir para llegar al pueblo desde el punto donde se encontraba. Como ya llevaba un buen ...

66 gotas...

Las despedidas amargaban más cuando no sabía cuándo volvería a verle. Creía que podía acostumbrarse, que podía habituarse a cada separación, por corta que fuese. Pero no era así. Cada vez le dolía más y, aunque sabía que era por poco tiempo, cada hora que pasaba lejos de él se le clavaba como una aguja en el corazón. Lo peor no era no poder verle cada día, sino no poder abrazarle cada vez que lo necesitaba. Y no le quedaba más remedio que esperar. Esperar a que el tiempo pasara y llegase el momento de poder acariciarle de nuevo. Pero qué dura era la espera...

65 gotas...

Érase una vez una niña de ojos grandes y largas pestañas. Vivía en un pequeño pueblo pesquero, en una casita humilde con las ventanas y puertas de color azul, justo al lado de la playa. Le gustaba, al levantarse cada mañana, ir corriendo a la orilla a recoger las conchas nuevas que durante la noche habían traído las olas. En una de esas mañanas, nada más salir de casa, la pequeña niña vislumbró a lo lejos algo muy brillante, tan brillante que tuvo que entrecerrar los ojos. Como grande era su curiosidad, se acercó corriendo para ver de qué se trataba. Cuando estuvo lo bastante cerca como para ver qué era, pudo observar una hermosa concha dorada. Se quedó mirándola atónita durante un buen tiempo, ya que nunca había visto semejantes valvas de ese color y, después de unos minutos, intentó abrirla sin éxito. Lo siguió intentando durante las siguientes semanas, fracasando día tras día, hasta que decidió dejar de lado aquella maravillosa pero extraña concha. La puso en su mesita de noche, p...

64 gotas...

Su sonrisa era el acantilado por el que se precipitaba sin cuerda de seguridad. No le importaba morir ahogado en el mar de su cuerpo, si los brazos que le envolvían eran los suyos. A veces, la observaba sin más, tan sólo por el simple placer de mirarla. Como si estuviese delante de la más bella obra de arte jamás creada. Porque eso era realmente ella: ARTE. Tan perfecta que hasta sus infinitas imperfecciones se tornaban belleza pura. Aquellos ojos se le clavaban como estacas y, en vez de sangre, brotaba música. Su mirada podría haberle hecho ganar mil y una batallas con tan sólo un pestañeo, porque toda ella era fuego. Fuego del que no quema, pero escuece. Del que no se apaga nunca, aunque llueva. Y él lo notaba. Notaba esa calidez cada vez que la tocaba. Cada vez que besaba esos labios de terciopelo. Y ella lo sabía. Y se consumía lentamente, entre su abrazo, como una vela.

63 gotas...

Que me pueden las ganas de estar contigo. De besarte la frente, morderte la boca y acariciarte el ombligo. De bailar, desnudos, debajo de las sábanas. O encima, qué mas da. Que más me da que me despeines o que me quites el maquillaje, si es a base de besos. O que me agarres del pelo, me cojas de la cintura y me aprietes con fuerza contra tu cuerpo. Sentirte, de mil formas distintas. Eso es lo que quiero. 

62 gotas...

Desde su ventana podía ver perfectamente el parque que había justo enfrente de su casa. Le gustaba asomarse y observar a los niños divertirse mientras se tiraban por el tobogán o se balanceaban, alegres, en los columpios. Pero a aquella hora ya no había niños. Era de noche y el frío invierno amenazaba con helar las gotas de agua que había dejado la lluvia aquella tarde. Un movimiento extraño llamó su atención, haciendo que fijara su mirada en el balancín que había justo al final del parque. Entrecerró los ojos para poder captar mejor aquella sombra que se movía lentamente y logró diferenciar la silueta de un niño de no más de cinco años. El niño avanzó poco a poco hasta llegar a una farola, donde la luz le iluminó. La miraba fijamente, sin expresión alguna de temor o incertidumbre. Se percató de que su ropa no era nuestra época, ni tampoco correspondía a la estación en la que se encontraba. Parecía sacado de una fotografía antigua. De repente, el niño levantó un brazo y la señaló c...