Cuando
era pequeña fantaseaba sobre cómo sería su vida cuando fuera mayor. Tenía altas
expectativas sobre el amor. Creía que un día encontraría a un hombre, quizá de
manera casual, chocándose con él en una gran avenida llena de gente, cruzando
las miradas en una cafetería en el centro de la ciudad o vete tu a saber qué.
Entonces él la invitaría a cenar a un restaurante bonito y acabarían la velada
con un paseo en un parque a la luz de la luna. Y así surgiría el amor. Sin más
vuelta de hoja, sin quebraderos de cabeza, sin dolor ni sufrimiento alguno. Pobre
niña tonta. Ahora se daba cuenta de lo ilusa que había sido. Se daba cuenta de
que todo no era de color rosa, si no de un color gris oscuro casi negro. Había
vivido de primera mano lo que era sentir que se te rompía el corazón a
pedacitos. Había conocido lo que era quedarse hasta altas horas de la madrugada
llorando sin cesar. Había sentido como, de un momento a otro, su vida se le
escapaba de las manos sin opción alguna. Pero, cuando tan solo creía ver
oscuridad a su alrededor, un pequeño rayo de luz cruzó su cielo, dándole a su
vida un toque de esperanza.
Las despedidas amargaban más cuando no sabía cuándo volvería a verle. Creía que podía acostumbrarse, que podía habituarse a cada separación, por corta que fuese. Pero no era así. Cada vez le dolía más y, aunque sabía que era por poco tiempo, cada hora que pasaba lejos de él se le clavaba como una aguja en el corazón. Lo peor no era no poder verle cada día, sino no poder abrazarle cada vez que lo necesitaba. Y no le quedaba más remedio que esperar. Esperar a que el tiempo pasara y llegase el momento de poder acariciarle de nuevo. Pero qué dura era la espera...

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