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47 gotas...

Plantada delante del espejo, observaba el daño que le había causado el paso del tiempo a su rostro; su pelo, antes largo y negro como el azabache, lucía ahora recogido en un aburrido moño gris adornado con un par de agujas con perlas blancas que antaño pertenecieron a su madre. Le tenía un cariño especial a esos adornos, quizá porque eran el único recuerdo material que le quedaban de ella. Levantó la mano y tocó una de las perlas con sus dedos finos y arrugados. Dibujó media sonrisa, la cual se esfumó de repente al cruzarse su mirada con la de su reflejo en el espejo. A medida que bajaba la mano de su cabeza, iba deteniéndose por cada arruga que encontraba, acariciándola suavemente con un dedo. 




Cuando finalizó su extraño recorrido, una lágrima fugaz cruzó el desierto de su mejilla, hidratando el recuerdo de su juventud



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66 gotas...

Las despedidas amargaban más cuando no sabía cuándo volvería a verle. Creía que podía acostumbrarse, que podía habituarse a cada separación, por corta que fuese. Pero no era así. Cada vez le dolía más y, aunque sabía que era por poco tiempo, cada hora que pasaba lejos de él se le clavaba como una aguja en el corazón. Lo peor no era no poder verle cada día, sino no poder abrazarle cada vez que lo necesitaba. Y no le quedaba más remedio que esperar. Esperar a que el tiempo pasara y llegase el momento de poder acariciarle de nuevo. Pero qué dura era la espera...

70 gotas...

A veces me cuesta mantenerme optimista, los kilómetros me dificultan esta tarea. Me consuela saber que nos sobran dedos contando los días que faltan para vernos, pero me faltan manos para contar los que nos quedan para no volver a separarnos. Hace tiempo que sé que mi hogar está allá donde tú estés, me siento una extraña si no estás a mi lado. Pero, cuando estás, es como magia.

68 gotas...

Si hablo de amor, tengo que hablar de las noches en las que me tocas el pelo hasta que me quedo dormida. De todos los abrazos que nos damos entre sueño y sueño, porque ni dormidos sabemos estar sin tocarnos. Si hablo de amor, tengo que hablar sobre nuestros besos en cada reencuentro después de pasar días separados. De las caricias en el sofá viendo la tele sin verla, porque estamos demasiado ocupados mirándonos a los ojos. Si hablo de amor, hablo de cada detalle que tienes conmigo. De las veces que te levantas de la silla para traerme algo de comer cuando tengo hambre o algo de beber cuando tengo sed. Si hablo de amor, tengo que hablar de cómo consigues tranquilizarme cuando estoy enfadada, triste o angustiada. De las veces que me haces reír incluso ni cuando yo misma me aguanto. Si hablo de amor, he de hablar de tí.