Cuando somos niños, todo lo que se nos presenta está inundado de colores. Rosa, azul, amarillo, verde, rojo... A medida que vamos creciendo, esos colores se van difuminando, borrándose poco a poco. Así va pasando la vida, degradándose tan despacio que apenas nos damos cuenta. Y, entonces, llega un momento en el que todo ha perdido su color, viéndose así todo en negro o, en su defecto, en una gama mucho más oscura...
A veces me cuesta mantenerme optimista, los kilómetros me dificultan esta tarea. Me consuela saber que nos sobran dedos contando los días que faltan para vernos, pero me faltan manos para contar los que nos quedan para no volver a separarnos. Hace tiempo que sé que mi hogar está allá donde tú estés, me siento una extraña si no estás a mi lado. Pero, cuando estás, es como magia.
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