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34 gotas...

A veces estamos tan obsesionados con que el tiempo pase deprisa, ya sea porque queremos superar una mala racha, ver de nuevo a aquella persona especial que hace tanto que no vemos o simplemente porque nos apetece un cambio, que no apreciamos los pequeños detalles que hacen que nuestra vida sea mejor. Ese café con las amigas, el cálido sol una tarde de primavera, la fina lluvia que moja tu cara una mañana de invierno, ese té de vainilla ardiendo, los juegos de palabras que sólo vosotras entendéis, las miradas de complicidad, el olor de un libro, una sonrisa... Entonces, un día te das cuenta de que todo esto ya ha pasado y de que no puedes volver atrás para disfrutarlo como deberías haberlo hecho.  Y es justo en ese momento cuando dejas de desear que el tiempo avance tan rápido y empiezas a querer volver a atrás para saborear cada uno de esos instantes.  Feliz 2013. Aprecia cada segundo de tu vida, porque cada uno de ellos es único. 

33 gotas...

Hay momentos en los que necesitas echar el freno, mirar a los lados y ver quiénes siguen realmente ahí. Sólo en ese instante sabrás a cuánta gente le importas. Después, vuelve a acelerar con la certeza de que, si aún estaban a tu lado, lo seguirán estando por mucho que corras a la velocidad de la luz y que, si hace falta, evitarán que te estampes contra los muros de hormigón que te presente la vida. Mucha gente pasa por tu vida sin apenas detenerse, pero aquella que se queda a pesar de las dificultades es la que verdaderamente merece la pena... (Dedicado a todos aquellos que estuvieron ahí y aún sigues estando, especialmente a Noelia Fernández)

32 gotas...

Libertad...

31 gotas...

Como en un sueño difuminado en el que los colores se mezclan hasta el punto de no saber cuál es cuál. Como un océano en el que desembocan miles de ríos cada día, haciendo que sus aguas se entrelacen creando nuevas corrientes. Como una caricia tan efímera que pudiera confundirse con el leve suspiro del viento. Como una palabra atascada en lo más recóndito del alma que, por miedo a salir, se refugia detrás de una lágrima. Sincera, como la sonrisa de un niño. 

30 gotas...

Y de repente un día te levantas, corres las cortinas y te das cuenta de que ha empezado un día mejor. De que tu vida ha cambiado. De que eres capaz de superar todo lo que se te presente y más. Comprendes por fin que eres fuerte, que no hay nada que pueda borrar la sonrisa de tu cara. Que no hay nadie capaz de hacerte sentir inferior. Pero tampoco superior. Simplemente eres tú misma, sin máscaras. Y te sientes bien.

29 gotas...

El olor a esmalte de uñas inundaba su habitación. Tenía la impresión que dentro de esas cuatro paredes el tiempo no pasaba. Se estancaban las horas, los minutos no corrían, los segundos se escondían dentro del armario y el sonido del reloj se atascaba en un suspiro. En su interior volaba lejos de aquella cárcel imaginaria, dejándose llevar por la suave carcajada del viento. Carcajada que ella envidiaba, ya que su garganta no era capaz de reproducir más que sollozos sin sentido. Hubiera dado hasta la vida por volver a bailar con la luna...

28 gotas...

Había ciertas cosas en su vida que le molestaban. Odiaba con toda su alma el ruido de la puerta de su habitación al abrirse y el portazo que ésta producía al cerrarse. No soportaba el olor a hígado ni el sabor a paté. Le crispaba los nervios que le repitieran las cosas mil veces y que, además, lo hicieran a gritos. Aborrecía tener que explicar una y otra vez lo mismo o que preguntaran cosas que, para ella, eran obvias. No le gustaba escuchar música durante más de media hora seguida. Detestaba el color verde, en cualquiera de su gama. Despreciaba profundamente que los demás tacharan de absurdos sus sentimientos. Había voces que le producían un molesto dolor de cabeza y, por ende, rechazaba a cuyas personas pertenecían. Explotaba en rabia cuando la humillaban o pretendían hacerlo. Le repugnaban los bichos en general y la sopa de verdura. Y esto es tan sólo una pequeña parte.