Ir al contenido principal

Entradas

57 gotas...

Cuando somos niños, todo lo que se nos presenta está inundado de colores. Rosa, azul, amarillo, verde, rojo... A medida que vamos creciendo, esos colores se van difuminando, borrándose poco a poco. Así va pasando la vida, degradándose tan despacio que apenas nos damos cuenta. Y, entonces, llega un momento en el que todo ha perdido su color, viéndose así todo en negro o, en su defecto, en una gama mucho más oscura...

56 gotas...

Paseaba por la ciudad y las luces de la calle iluminaban su rostro ténuemente. Corría una suave brisa que acariciaba su cabello, haciendo que éste se moviera de forma suave, como si bailara al son de cada suspiro del aire. A su alrededor, la muchedumbre se desplazaba de un lado para otro, en coche o a pie, entrando en tiendas o saliendo de ellas. Lógico, teniendo en cuenta las fechas en las que se encontraba. Levantó un poco la cabeza y, a unos metros de ella, vio una pequeña cafetería con un gran ventanal que dejaba ver prácticamente todo su interior. En una esquina, no muy lejos del ventanal, había una pareja sentada en una mesita redonda, blanca y desgastada (tanto era el desgaste que incluso se apreciaba la madera). Ella sostenía una taza grande y gris entre las dos manos, quizá para calentárselas a la par que bebía. Él tenía los brazos cruzados encima de la mesa y, justo delante suyo, una taza pequeña. Ella le miraba a él y él miraba la taza. Ella suspiró y él apartó la mirada, di...

55 gotas...

No le quedó más remedio que parar, echar el freno, respirar hondo y pensar detenidamente qué quería y qué no quería en su vida. Analizó qué es lo que realmente le hacía feliz y llegó a la conclusión de que lo que hacía ahora no le satisfacía en absoluto. Sabía que la felicidad era efímera, que duraba poco, pero tenía la esperanza de que, si alcanzaba sus objetivos, al menos conseguiría una sensación de satisfacción que se asemejaría bastante a lo que se entiende por felicidad. Pero de una cosa sí que estaba segura; el camino no iba a ser fácil. Ni siquiera iba a tener un grado de dificultad medio. Pero por algún sitio hay que empezar. Quizá tendría que hacer borrón y cuenta nueva, fijarse otro tipo de metas, otro tipo de propósitos. Un paso muy importante también sería empezar a creer un poco más en ella misma. Entender que, pase lo que pase, podría ser capaz de cualquier cosa, de ser todo lo que quisiera ser. Pero el camino es largo. Muy largo. 

54 gotas...

Un espejo es como un jarro de agua fría para aquellas personas que se buscan y no se encuentran. No porque estén perdidos físicamente, sino porque en lo más hondo de su corazón ni siquiera saben dónde están. Supongo que da rabia... Claro que da rabia, para qué lo vamos a negar. Cuando te miras en el espejo lo que quieres es precisamente eso... ¡VERTE! Quieres verte física y emocionalmente. Aunque no te des cuenta, pero quieres verte de ambas formas. Porque cuando sólo te ves de forma física, te sientes vacío... perdido . Y te preguntas: ¿dónde estoy? ¡Si yo antes estaba ahí! Justo ahí... Y entonces lo que quieres es buscarte. Pero ¿por dónde se supone que se empieza a buscar a uno mismo? ¿Cómo se superan esas barreras, esos miedos, que te impiden encontrarte? ¿Cuánto tiempo se requiere para finalizar la búsqueda? Y quizá la pregunta que más atormenta de todas... ¿Y si no consigo encontrarme nunca? Qué cosas, ¿no? Cuando alguien se mira en un espejo, lo que busca es ...

53 gotas...

Quizá era la intensidad de su mirada o la sinceridad de su sonrisa. Quizá era la dulzura con la que la tocaba o la suavidad de sus caricias. Quizá era su forma de hablarle o el cariño con el que la besaba. Quizá era su aroma, su manera de moverse o la infinidad de pequitas que adornaban su cara. Quizá era esa carcajada única, aquella que solo producía rara vez y que a ella le encantaba, quizá por su melodía o quizá por su espontaneidad. Quizá era su humor o quizá la facilidad por sacarle una sonrisa incluso en sus peores momentos. Quizá era él. O Quizá era ella. Quizá, en cualquier caso, eran . 

52 gotas...

Y, es como casi sin darte cuenta, aparece alguien que te pone el mundo patas arriba. Que te rompe los esquemas. Que te vuelve a inspirar esa confianza que creías que no ibas a poder tener nunca más. Que hace que los problemas sean menos problemas (valga la redundancia). Que te hace reír a carcajada limpia y que te vuelvas a reír aún más fuerte, hasta que te duelen las costillas. Que te deja ser tú misma. Simplemente, que no te presiona. 

51 gotas...

Es justo ese momento en que te da igual salir a la calle sin maquillar, despeinada y con lo primero que has cogido del armario, aunque no combine para nada. Es justo ese momento en que casi te cuesta mantener los ojos abiertos de lo hinchados que están a causa de las lágrimas. Es justo ese momento en que una sonrisa te supone un esfuerzo casi sobrenatural. Es justo ese momento en que te molesta incluso que te hablen. Es justo ese momento en que desearías desaparecer o, mejor aún, que el resto del mundo desapareciera. Es justo ese momento en que te das cuenta que, cuando pensabas que tu vida se había encaminado, todo se desmorona de nuevo. Y es justo ese momento en el que lo mandarías todo a la mierda.