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45 gotas...

Le gustaba la lluvia, el frío, las tardes de domingo que obligaban a quedarse en casa por culpa del fuerte y helado viento que soplaba sin parar. Le gustaban las gélidas mañanas en las que levantarse suponía un esfuerzo casi sobrenatural. En invierno le gustaba incluso madrugar. Le encantaba ponerse capas y capas de ropa y la calidez que ésta producía sobre su piel. Le gustaban los escalofríos que hacían que su piel se erizara al salir de la ducha y el vapor que se originaba al poner el agua casi hirviendo en un espacio tan cerrado. El té calentando sus manos era uno de los detalles más efímeros que producía en ella un gran placer. El olor de la tierra húmeda bajo sus pies, para ella, era algo indescriptible. Era la única época del año que conseguía producir paz y tranquilidad en cada uno de sus sentidos. Calles vacías reproduciendo el eco de sus pasos, de su respiración. Pero aún era verano. Aún tenía que aguantar cúmulos de gente y el calor que producían los rayos incansables del ...

44 gotas...

Tenemos la manía de pensar que para que una historia acabe bien, debe tener un final feliz. No nos damos cuenta de que no es necesario encontrar la felicidad única y exclusivamente al final del camino. Es más, en la mayoría de los casos, no suele ser así. Pero estamos tan cegados intentando alcanzar esa meta, que los verdaderos instantes de fugaz felicidad pasan desapercibidos. Entonces, ¿si vives una historia llena de pequeños capítulos felices pero con un desenlace taciturno, realmente no ha valido la pena vivirla? ¿Dónde quedan esos momentos llenos de sonrisas? ¿Y los ataques de risa imposibles de contener? Simplemente, se olvidan. Los borramos de nuestro recuerdo porque no creemos que merezca la pena seguir pensando en algo tan efímero. Y es triste.

43 gotas...

Tenemos tanto miedo a equivocarnos que muchas veces dejamos pasar oportunidades que no volverán a aparecer en nuestra vida nunca más. Y es triste. Es triste saber que por temor a cometer actos que luego puedan tener consecuencias (que, además no sabemos si serán positivas o negativas) , dejamos de intentar ser felices. Porque, al fin y al cabo, todo lo que hacemos tiene el mismo objetivo: la felicidad. No merece la pena dejar de intentar alcanzar ese objetivo simplemente por el puro temor a cometer errores. Tener miedo a lo que podrá ser no hace más que dar pie a que nos preguntemos qué pudo haber sido.

42 gotas...

Cuando amas, todo lo de tu alrededor deja de existir. Sin embargo, cuando dejas de amar, eres tú quien desaparece.  

41 gotas...

Sabes que te hace daño y prefieres alejarte de ello antes de que se enquiste en el corazón. Te alejas porque ya sabes qué es. Porque ya lo has sufrido. Porque no te apetece volver a sentirlo de nuevo. Pero es difícil apartarlo de ti cuando existe un tira y afloja, así que cuando encuentras una oportunidad de romper ese hilo, tienes que aferrarte a ella con fuerza. No dejarla escapar porque, si lo haces, volverás a caer en esa espiral de la que cuesta tanto salir.

40 gotas...

El reflejo de la luz medio fundida de la lámpara sobre la superficie de la botella vacía se confundía con el destello de su mirada. En una mano, un cigarrillo consumido y, en la otra, un vaso de whisky con hielo. Sentada en un sillón de piel desgastado, pensaba qué había hecho mal para acabar así: borracha y sola. De lo primero se hacía una idea... De lo segundo, no sabía cómo había llegado a tal extremo. Sola. Tan sola que ni las agujas del reloj la acompañaban en su tormento. Casi sin pensarlo, se levantó del sillón y estampó el whisky con hielo en la pared agrietada de aquella habitación. Por sus mejillas rodaban miles de lágrimas y su cara expresaba un dolor tan profundo que hacía que sus entrañas se retorcieran. Nada ni nadie podía salvarla de su locura. Sonó el teléfono. O quizás si...

39 gotas...

Vivimos en una sociedad en la que el verbo amar se usa más de lo que se debe y se siente menos de lo que corresponde. En una sociedad en la que el orgullo sustituye el perdón y los polvos de una noche reemplazan los besos de buenos días de los lunes. En una sociedad donde los celos son una excusa para entrometerse en la intimidad de otra persona, donde engañar es un hábito y donde llevar escondido el corazón bajo llave es algo natural.