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Mostrando entradas de 2015

58 gotas...

Llevaba un tiempo con un vacío en el pecho y una carga en los hombros, como si de una mochila de piedras se tratase. Temía dormir por todos los monstruos que le acechaban cuando cerraba los ojos y se transportaba al país de los sueños o, en su caso, de las pesadillas. Monstruos enormes que la estrechaban entre sus brazos, oprimiéndole, dificultando su respiración. Le faltaba el aire. También temía irse a dormir porque sabía que al despertar tendría que levantarse de la cama y eso cada vez le costaba más. Cada día que pasaba perdía más la ilusión por todas las cosas que antes le hacían feliz, incluso las más pequeñas. Estaba aburrida, cansada de su realidad, de su rutina. Deseaba con todas sus fuerzas salir de allí, irse a otro lugar. Pero a la vez lo único que quería era estar sola debajo de su manta viendo pasar las horas. A veces lloraba sin razón aparente, simplemente para vaciarse un poco más de lo que ya lo estaba. Cuando no estaba triste, estaba de mal humor. Frustración, quizá.

57 gotas...

Cuando somos niños, todo lo que se nos presenta está inundado de colores. Rosa, azul, amarillo, verde, rojo... A medida que vamos creciendo, esos colores se van difuminando, borrándose poco a poco. Así va pasando la vida, degradándose tan despacio que apenas nos damos cuenta. Y, entonces, llega un momento en el que todo ha perdido su color, viéndose así todo en negro o, en su defecto, en una gama mucho más oscura...

56 gotas...

Paseaba por la ciudad y las luces de la calle iluminaban su rostro ténuemente. Corría una suave brisa que acariciaba su cabello, haciendo que éste se moviera de forma suave, como si bailara al son de cada suspiro del aire. A su alrededor, la muchedumbre se desplazaba de un lado para otro, en coche o a pie, entrando en tiendas o saliendo de ellas. Lógico, teniendo en cuenta las fechas en las que se encontraba. Levantó un poco la cabeza y, a unos metros de ella, vio una pequeña cafetería con un gran ventanal que dejaba ver prácticamente todo su interior. En una esquina, no muy lejos del ventanal, había una pareja sentada en una mesita redonda, blanca y desgastada (tanto era el desgaste que incluso se apreciaba la madera). Ella sostenía una taza grande y gris entre las dos manos, quizá para calentárselas a la par que bebía. Él tenía los brazos cruzados encima de la mesa y, justo delante suyo, una taza pequeña. Ella le miraba a él y él miraba la taza. Ella suspiró y él apartó la mirada, di

55 gotas...

No le quedó más remedio que parar, echar el freno, respirar hondo y pensar detenidamente qué quería y qué no quería en su vida. Analizó qué es lo que realmente le hacía feliz y llegó a la conclusión de que lo que hacía ahora no le satisfacía en absoluto. Sabía que la felicidad era efímera, que duraba poco, pero tenía la esperanza de que, si alcanzaba sus objetivos, al menos conseguiría una sensación de satisfacción que se asemejaría bastante a lo que se entiende por felicidad. Pero de una cosa sí que estaba segura; el camino no iba a ser fácil. Ni siquiera iba a tener un grado de dificultad medio. Pero por algún sitio hay que empezar. Quizá tendría que hacer borrón y cuenta nueva, fijarse otro tipo de metas, otro tipo de propósitos. Un paso muy importante también sería empezar a creer un poco más en ella misma. Entender que, pase lo que pase, podría ser capaz de cualquier cosa, de ser todo lo que quisiera ser. Pero el camino es largo. Muy largo.